Vuelve a un día de tu
cotidianidad antes de toda esta locura del confinamiento, transpórtate a ese
momento y ahora piensa. ¿A cuánta gente has visto hoy sonreír?
¿Cuántas veces has sonreído tú? ¿No te sorprende lo baja que está la media de
sonrisas?

Estamos tan poco acostumbrades
a sonreír que cada vez que hago el experimento de sonreír a cada persona que me
cruzo por la calle (que últimamente es casi siempre) la gente te saluda por si
acaso te conoce y no te recuerda. Incluso si lo acompañas con ir caminando
dando saltitos, como si la vida no te pesará en los hombros y los problemas no
fueran contigo, se les frunce el ceño como si vieran a un espécimen en peligro
en extinción y dudarán de si eres peligrosa. ¿Pero qué nos pasa para estar tan
mustios? ¿Cuándo se nos ha olvidado entornar los ojos y sonreír al sentir el
sol en la cara? ¿Quién dijo que no se podía bailar y/o cantar cuando vas con
los auriculares por la calle? ¿Qué brillante mente pensó que podíamos cruzarnos
con personas y simular que eran piedras? ¿En qué broma nos han metido?

De verdad que me gustaría
volver atrás y preguntarle al primera alma marchita (la primera persona
enferma de apatía) que problema tenía con la vida para propagar un virus de
tales dimensiones. Está claro que la filosofía, psicología, antropología,
sociología y todas las «gias» han tratado de descifrar la clave de la
felicidad humana buscando en lo más profundo del ser y sus interacciones
sociales. Sinceramente últimamente tengo la extraña sensación de que nos hemos
complicado la vida por voluntad propia. Que sí, el capitalismo nos aprieta, el
trabajo nos ocupa demasiado tiempo, las relaciones nos torturan por falta de
empatía y amor propio y los diagnósticos se nos acumulan. Es mucho, cansa,
agota y nadie nos enseñó en el colegio que hacer con tanta presión y tanta
emoción. Pero de verdad es motivo para dejar de ver las pequeñas cosas o no ver
a quién te cruzas ¿Cómo podemos estar en tantos sitios al mismo tiempo y que
ninguno sea el ahora?

Vamos andando por la calle, en
el metro, en el coche y sin embargo nuestra mente está en el supermercado, el
trabajo, la cama, las responsabilidades y las torturas más creativas que este
aparato supuestamente perfecto quiera fabricar, con el único objeto de sacarnos
del momento.

Y mientras tu mente te hace un
viaje tridimensional, el vecino se ha roto un brazo y ni siquiera te has dado
cuenta, mucho menos has preguntado qué ha pasado. Tu madre te mira con
expectación a ver si le ha quedado buena tu comida favorita pero el primer
bocado llega contestando un WhatsApp que parece urgente y ni siquiera saboreas
lo que comes. Llegas al trabajo y tus buenos días suenan a todo menos a buenos,
sin darte cuenta del significado de una expresión tan trillada que ha perdido
fuelle. Ves un animal abandonado y escuálido y ya no se te revuelven las entrañas
porque corres a tu siguiente compromiso.

Decides inconsciente o
conscientemente prestar atención solo a las personas que están en tu nivel social,
legal, económico, racial o laboral no porque quieras, ni seas algún «ista»
(racista, machista, clasista, especista, etc, etc, etc.), véase la ironía, es
que no vemos más que a nosotres mismes y nuestro reflejo.

Ágora Habla con el deporte local y comarcal, siempre en movimiento

¿Y si jugamos a estar en el
ahora? ¿Y si sonreímos todo el rato a ver si al final nos lo creemos? ¿Y si
creamos una nueva pandemia de mirar a los ojos y vernos de verdad, libres de
condicionamientos? ¿Y si nos atrevemos a poner de moda el amor a todo, incluso
a lo diferente? ¿Y si salimos de aquí cambiando todo esto?

Para encontrar respuestas yo no
dejo de hacerme preguntas. No se qué nos ha llevado a esto además del virus.
Hay sociedades que lo están gestionando absolutamente diferente a nuestro país
y creo firmemente que es por su responsabilidad social y solidaridad con su
comunidad. Igual esa es nuestra tarea pendiente, darnos cuenta de que formamos
parte que un todo que empieza en nuestro hogar y se va expandiendo a nuestro
edificio, vecindario, pueblo, provincia, comunidad, país, continente y planeta.
Tomar consciencia de que si no sabemos cuidarnos en lo pequeño, ¿cómo vamos a
expandirlo al resto?

Puede que esto suene muy
genérico y crítico pero quien esté fuera de esta norma, que tire el primer abrazo
(virtual hasta que lleguen los otros).

María Bernabéu

@locacoherencia

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