A base de pasar mil veces por el mismo sitio terminas encontrando los fallos del sistema establecido. Pasa con todo. A mí me ocurre con los semáforos, llego a un sitio nuevo y hago todas las opciones de ruta que Google propone de casa al trabajo y viceversa.

Luego hago las rutas no escritas que considero que serían más eficientes y termino llegando a la conclusión de tres opciones: la vía más rápida para cuando llegó muy tarde, la ruta que más disfruto por paisaje calles o ruta y la que hago cuando me apetece seguir conduciendo un rato más para seguir con mi música, el programa de radio o mis pensamientos. Igual esto lo hace todo el mundo y no se ha dado cuenta o tal vez sea un ser extraño y analítico pero lo cierto es que en esas rutas, con un poco de presencia, siempre encuentro cosas nuevas que me hacen sonreír…

La más habitual es detectar un error en la sincronización de los semáforos que según la hora deberían tener un tiempo y se perpetúan en la constancia de su programa inadaptado a la vida real de las personas por parte de las máquinas. También hay calles que nunca debieron hacerse de un solo sentido y que todo el mundo piensa que sería más feliz haciendo ese giro que se ha hecho toda la vida. Hay radares en el punto más bonito de la carretera para obligarte a ir más despacio y mirar. Hay fachadas y ventanas que estaban todo el rato esperando a que las vieras, personas que siempre están tras la ventana cuando eres constante en tu hora de paso y que un día ya se convierten en la preocupación de «llevo tres días sin verlo, espero que esté de viaje o algo así», hay vecinos de trabajo que entran y salen como tú pero que jamás se cruza idea o palabra ni devuelven el buenos días, hay vagones de metro que se llenan de la misma gente día tras día y nadie propone una cena de navidad, hay sonidos de zapatos que reconoces sin saber el nombre de quién los provoca, hay paradas de bus llenas de gente que espera y te hace preguntarte si irán al mismo sitio que tú y podrías llevarlos, hay baches en el asfalto que no todos los días puedes evitar, hay momentos en que el viaje es más lento de lo habitual y te da para observar, hay montañas que siempre han estado pero nunca has visto y ha hecho falta un atasco para que tú la veas, hay tanto que ver en el camino a casa como en el viaje de la vida.

Para mí conducir es un ejercicio de consciencia, es de las cosas que más echo de menos. El movimiento hecho quietud si lo aplicas con atención y no te dejas arrollar por el ruido mentar o las prisas de lo que nos contaban que era vida, que era importante. Pasear por la calle con todos los sentidos abiertos y el móvil en el bolsillo también despierta sorpresas que siempre estuvieron pero no supimos mirar.

¿Estamos dispuestas/os a mirar?

Ágora Habla con el deporte local y comarcal, siempre en movimiento

Igual que la vida nos haya parado de golpe es precisamente por esto. Porque se nos olvidó, con las prisas, que lo importante era atreverse a mirar, sonreír, saludar, amar, agradecer… Al fin y al cabo ver la belleza en las pequeñas cosas del ahora es lo que se pone de manifiesto cuando ya no podemos hacerlo.

Sonríe y cuídate mucho. Céntrate en lo que sí puedes seguir observando para no salir de aquí pensando, que de nuevo no fuimos capaces de apreciar lo que teníamos.

María Bernabéu

@locacoherencia

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