Me gustaría compartir con vosotros mi historia, mi vida. He de decir que me ha costado. Hay mucha gente que no conoce mi pasado, pero me da igual. Esta ha sido una vida llena de sabores y sinsabores. Cumplo años el 1 de julio de 2007. ¿Qué edad tiene este muchacho?, os preguntareis muchos. ¡No, no tengo seis años, tengo 48! Pero creedme que festejo con más ilusión ese bisoño aniversario ya que dejé apartada una parte de mi mala vida.

Ese día conseguí dejar la cocaína, después de varios años de engaños, mala vida y quebraderos de cabeza inmerecidos a todos los que me querían y, por suerte, todavía siguen haciéndolo. He decidido compartir con vosotros mi experiencia. Puede servir para los que, al igual que yo y mi familia, padezcan un problema de adicción y con ello puedan utilizar este testimonio como receta para paliar una enfermedad.

Tengo que admitir que no existe medicina alguna que cure la drogadicción, la bebida o la ludopatía, por ejemplarizar. No obstante, bien es cierto que parte de mis vivencias pueden abrir los ojos a las familias que sienten en sus propias carnes alguno de estos problemas. Ni que decir tiene que la mejor adicción es la vida, aunque el primer paso para ello debe darlo el o la afectada. Uno si va con la conciencia de que no se va a curar, mejor gastar el dinero en cosas más útiles. Lo primero que tienes que tener, valga la redundancia, es autoestima. Si no lo tienes o si no estás capacitado para dar el paso, creedme, se puede morir en el intento, metafóricamente hablando.

Al drogarte estás tonteando con la muerte, y ella tiene la jugada perfecta para derrotarte. Es mucho mejor que seas tú el que lleve flores a una tumba a que sean los tuyos los que vayan a visitarte al Camposanto. Yo, cuando toqué fondo, cuando no lograba vislumbrar la luz al final del túnel, cuando la pálida dama llamaba a mi puerta decidí, por mí mismo, poner solución a mi enfermedad.

Decidí ingresar en un centro durante seis largos meses, donde me ayudaron, no sólo a dejar mi adicción, sino a conseguir las armas suficientes para no volver a tropezar en la misma piedra. Pasé de ser un gañán, un mentiroso compulsivo, un clochard moribundo, a ser una persona con la autoestima por las nubes y con la cabeza en su sitio y los pies en el suelo. Ahora soy yo el que ayuda a los que en su día estaban como yo. Soy una especie de “Hermano Mayor” pero a menor escala.

La vida te da y te quita cosas. Te ofrece alegrías, formación, educación, oficio, amistad, aficiones… Pero a la vez, y sin darte cuenta, te lo arrebata poco a poco. El 2012 fue, sin lugar a dudas, el peor año de mi vida. Un cáncer se llevó a mi hermano con 36 años, dejando viuda y dos querubines, uno de seis años y una de apenas uno. Unos meses más tarde fallecía la hermana de mi madre. ¡Os llevo en mi corazón a todas horas, en cada instante! Como bien he dicho, un año para borrarlo de mi mente.

No obstante, y haciendo bueno el refrán de “es de buen nacido ser agradecido” he de decir que tengo a una gran familia detrás, apoyando mi sombra por si ésta da indicios de desmoronarse. Desde los que me dieron la vida, pasando por mis hermanos, mis cuñados, sobrinos, mi pareja y sus hijas, a las que quiero como si fueran mías, y lo mejor que he hecho en mi vida: mi hijo de 16 años al que adoro y, por circunstancias de la vida, veo poco y del que estoy muy orgulloso.

Todo esto que comparto con vosotros me gustaría dedicárselo a mi hermano, que desde donde se encuentre, sé que me echa una mano todos los días. También me gustaría ofrecer estas líneas a mi familia y, sobre todo, a mi hijo. ¡Sí, se puede! Pero para que esto suceda tiene que partir de ti. Si no es así, tienes la batalla perdida de antemano. Y como sin este final, la Buhardilla con Penadés no sería la misma, lo hago y lo haré una y mil veces: ¡Tan joven y tan viejo: Like a Rolling Stones! Salud.