Comencemos por definir claramente los dos conceptos antagónicos que son los protagonistas en este escrito. El primer de ellos es el fascismo, sistema político nefasto por naturaleza. Y lo es básicamente porque defiende la desigualdad de los seres humanos y los ubica jerárquicamente en dos categorías: la gente fascista -la superior, la que sabe cómo gestionar un país porque afirma estar en posesión de la Verdad- y el resto -la inferior-. A partir de aquí, el fascismo infravalora y menosprecia la dignidad de las personas de la categoría inferior y no tiene en cuenta sus pensamientos, gustos o tendencias del tipo que sean.

Del otro lado, está la democracia, vocablo que proviene del griego demos –“pueblo”- y cracia –“gobierno”-. En esencia, pretende que la ciudadanía -es decir, todo el mundo- sea responsable de sus derechos y deberes sociales para así garantizar la convivencia diaria. El respeto a la dignidad es su punto de partida por lo que no distingue categorías humanas.

Apostar por un sistema democrático siempre es más conveniente porque no genera, de inicio, desigualdad, odio ni dolor. El fascismo, sí.

España es un sistema democrático desde 1978, rigiéndose por lo que emana de la Constitución que, para que nos entendamos, es el compendio de las reglas del juego político de este país.

La España democrática, sobre todo, a partir de la convulsión que nos ha traído la dichosa pandemia, está herida porque la ideología fascista está ascendiendo y -peor todavía- ya ocupa puestos de poder. Pero tengamos claro que esta ascensión se debe a que parte de la ciudadanía vota su opción intolerante.

Y aquí debo dar las gracias al PSOE Y al PP. Irónicamente hablando, muchas gracias porque han gobernado España desde hace varias décadas y no han conseguido que la ciudadanía haya interiorizado los beneficios de vivir en un sistema democrático. Tantas leyes de Educación y ninguna ha servido para este fin. La Constitución deja muy claro el fin que deberían haber tenido estas leyes cuando en su artículo 27, párrafo 2 afirma: “la educación tendrá por objeto el pleno desarrollo de la personalidad humana en el respeto a los principios democráticos de convivencia y a los derechos y libertades fundamentales”. Más de cuarenta años después, esta disposición sigue sonando a música celestial porque no ha calado y esto es muy triste y, sobre todo, peligroso.

No solamente las gracias hay que darlas a la Administración política sino también a las familias que no han dejado bien claro a sus hijas e hijos que con Franco se vivía mucho peor, porque el dictador fue fascista, es decir, intolerante, represor de las libertades de la ciudadanía -incluso de quienes le apoyaban- y concibió a todo el mundo como súbditos, al servicio total de sus necesidades como jefe de Estado. Las jóvenes generaciones han nacido en democracia y, en casa, deben recibir altas dosis de tolerancia, empatía y respeto hacia cualquier ser humano por el bien propio y general; también deben ser advertidos para no caer en la propaganda fácil; que aprendan a ser reflexivos, críticos, y que si tienen que abrazar a alguna bandera nacional y verla con orgullo, que lo hagan porque ésta es incluyente y no discriminatoria.

Reitero mis gracias al PSOE y PP por no haber realizado su tarea, aunque me pregunto si, en realidad, no les ha interesado formar a la ciudadanía española. Si ésta deja de serlo, el fascismo tendrá el camino allanado para establecerse y eso siempre es malo. Hay que ser beligerantes contra el fascismo -con olas de calor o sin ellas- porque el futuro se forma en el presente con nuestras acciones y si, en algún momento, alguien flaquea y considera que la democracia es imperfecta -como no podía ser de otra manera, ya que es un invento humano-, debe recibir un mensaje contundente por el resto de la ciudadanía: la alternativa a la democracia es más democracia.