Seguramente todos recordemos en que momento nos cogió el “estado de alarma” que generó el famoso “quédateencasa”del año 2020, que íbamos a hacer ese fin de semana, que planes se fueron al traste, que viajes tuvimos que cancelar, que eventos, celebraciones o ceremonias tuvimos que aplazar, en muchísimos casos “sine dia”, que actividad habitual olvidar en el baúl de los recuerdos, quizás para siempre, y tantísimos cambios que provocaron este inmenso, general e inusual confinamiento del que todavía no nos hemos recuperado. Dicen que los dioses cuando quieren castigar a los humanos, nos conceden los deseos y se ve que uno de los más grandes que teníamos todos era parar y ralentizar nuestras vidas porque eso es lo que sucedió el trece o catorce de marzo del año pasado.

De momento y como si de un castillo de naipes hablásemos, se vino abajo todo, nos tuvimos que encerrar en nuestras casa a cal y canto y casi como delincuentes salir a vistas de médicos habituales, a trabajos esenciales o a comprar víveres, avituallamientos y las nuevas necesidades de mascarillas, guantes e hidrogel agotadas hasta en las compras por internet, aunque algunos que habían tenido que sufrir el MERS-COV del año 2015 en Japón ya tenían buen acopio de ese material la última semana de enero, sabían que los rumores se harían realidad con la experiencia. Muy curioso que lo primero que desapareciera de las tiendas fuera el papel higiénico y después otra cosa muy demandada fue todo tipo de levaduras hasta que ya se aprendió a suplir con “masas madre” como si fuera una metáfora de ese “estado de alarma” que en un primer momento se pensó efímero y se prolongó y alargó hasta llevar un año con intermitencias. Se cerraron colegios, escuelas, universidades, se cancelaron “Erasmus”, masters internacionales y cada cual como pudo sobrevivió donde estaba sin poder volver a su casa o intentó regresar en una especie de “Odisea” con visitas y enlaces a diferentes aeropuertos o ciudades para, al fin, llegar a su destino. Y. recién terminada “La Fiesta del Medievo” con alguna incertidumbre, empezaron a anularse eventos, conciertos, actuaciones teatrales, fiestas, procesiones, actos religiosos, estábamos en la Cuaresma y se suprimió hasta la posibilidad de asistir a las iglesias, celebraciones preparadas con tiempo como bodas, bautizos, presentaciones de libros, conferencias, charlas, se cancelaron viajes programados y estudiados como el de unos intrépidos aventureros que se tuvieron que conformar con seguir leyendo “Un caballero en Moscú” de Amor Towles con el que habían proyectado sus rutas y visitas y, a la fuerza, emular la falta de movilidad del protagonista. Se pararon los sorteos de la ONCE, de la Lotería Nacional, de “La Primitiva”, las quinielas, los partidos de futbol, los eventos deportivos, los entrenamientos para competiciones, los calendarios semanales de partidos, juegos, encuentros, mítines.

Después del primer shock, que a algunos les duró más que a otros como siempre, cada uno arrimó el hombro como pudo, se habilitaron espacios protegidos, se pusieron en marcha las máquinas de coser en las fábricas y hasta en las casas, se cambiaron los materiales, el hilo, las agujas y se empezaron a coser mascarillas, batas, gorras y hasta calzas,… se desinfectaron calles, plazas, parques, jardines edificios en una tarea de fumigación con la colaboración de esos agricultores que no habían dejado de trabajar para que no faltaran frutas, verduras, legumbres,… Se habilitaron espacios para esos transportistas y camioneros que recorrían autopistas, autovías, carreteras, caminos, ciudades y pueblos casi en solitario, sin los coches particulares que dormían en garajes, cocheras o en las calles vacías de gente, lugares en los que tomarse un café o comer un bocadillo con la ausencia de personas que les atendieran, sitios “self-service” improvisados con cafeteras de capsulas, termos de agua caliente, sobres de infusiones, madalenas o bollería más o menos envasada y bocadillos o sándwiches al lado de botellas de agua e incluso botes de cerveza y refrescos, todo a la intemperie pero a medio cubierto en emplazamientos sorprendentes como esa antigua furgoneta de reparto de “La Venta el borrego” o esas otras mesas dispuestas y preparadas en tantos lugares habituales de parada de los que tienen como oficio el transporte y que rápidamente circulaba su emplazamiento de móvil a móvil. Los médicos vaciaron sus consultas de presencia y cogieron los teléfonos para tratar a sus pacientes, así también nos ahorraban viajes, hasta los psicólogos y los terapeutas de la mente han tenido que reciclarse y dar sus sesiones por teléfono en un tiempo en el que el confinamiento ha tocado la salud mental de mucha gente.

Las redes sociales tomaron el control de la situación sirviendo de compañía y como método de aprendizaje, estudiamos recetas de cocina pero también como se cosía una mascarilla o como se hacía una conexión por zoom que fue la forma de unión que se aplicó a las clases a distancia y on-line y en muchos otros trabajos. Llegaban todo tipo de mensajes por washapp, se conocían nietos, sobrinos,… recién nacidos, se hacían video conferencias y a través de ellas incluso se compartía “la charraeta” del aperitivo. También se aprovecharon los sistemas electrónicos para hacer compras en un nuevo vuelco de una tendencia que cada día va a más. Aparte de ser uno de los medios por donde entraban las noticias mezcladas también con bulos y desinformación, vimos imágenes escalofriantes como el “Palacio de Hielo” de Madrid o la inmensa soledad de ciudades y pueblos al lado de “memes” y chascarrillos varios.

Las ventanas y los balcones pasaron a ser nuestras alas para asomarnos a la vida y se decoraban para las Fiestas que no se podían vivir, para compartir unas palabras y, si acaso echarse unas risas, para concentrarnos a homenajear a los sanitarios o para celebrar con los coches de la policía el cumpleaños de algún vecino, para “jugar a piratas” con esos pequeñajos que no acababan de entender porque salían al balcón o miraban por la ventana pero no podían bajar a la calle, menos mal que la lluvia, el frío y el mal tiempo, sufrimos hasta una DANA, de esos primeros días de confinamiento ayudó a que tomaran conciencia de que no se podía ir al parque.

Los periódicos y las revistas de siempre sufrieron la maldición de esos estudios primerizos en los que los demonizaban porque el papel con el que están hechos era de los sitios donde más tiempo permanecía el virus y no se podían compartir, se pusieron más hojas de pasatiempos para todas esas horas en las que la incertidumbre y el miedo campaban a sus anchas y la falta de concentración para leer te hacía caer en un círculo vicioso.

Otros muchos deseos se fueron cumpliendo, la naturaleza parece que recobraba su espacio natural, algunos animales de los montes se acercaban a pueblos y ciudades inusualmente solitarias, la contaminación endémica de las ciudades ya no era noticia de primera plana, llegó a menguar bastante, la ausencia de coches en las carreteras y la imposibilidad de movimiento, hizo que los vuelos se redujeran a usos comerciales y de transporte y se ralentizaron las emisiones de CO2, aunque también se dieron algunos pasos atrás en ese renovado abuso del plástico en bolsas, guantes, vasos, platos, cubiertos, envases, embalajes,… que se tiran inmediatamente a la basura sin reutilizar ni reciclar por miedo a los contagios y a algunos estudios de pervivencia del virus sobre los materiales.

Se rompieron tradiciones de intercambios de comidas típicas de esos primeros días de confinamiento que coincidían con la Cuaresma, la Semana Santa y la Pascua, toñas, monas, “coca de querailla”, o las de moje, empanadillas de patatas,… no viajaron entre las familias, ni se pudo compartir el “pan tostao con ajos “torraos”, bacalao o bonito, ni la ensaladilla, ni la olla de verduras, o los potajes de garbanzos y los guisos de estos días, ni las paellas de bacalao, o esa otra de habas, ajos tiernos, alcachofas y guisantes,…, se hicieron postres, torrijas, y toda clase de recetas y exquisiteces culinarias para llenar huecos de tiempo.

Y todo ello para llegar a marzo del 2021 con pocas cosas claras, pero con un año que parece que nos han arrebatado al mismo tiempo que a todos los que han “faltat” con este dichoso virus que no ha dejado de acompañarnos con olas y sobreolas, con contagios, y miedo, con incertidumbre y nuevas costumbres obligadas por esa aclimatación al confinamiento, a cierres perimetrales, a toques de queda, a exclusiones horarias,… un año de supervivencia extraña y muy real en la que hemos dejado por el camino muchas costumbres, tradiciones, deseos, ilusiones,… y también a seres queridos, familiares y amigos sin poder muchas veces ni acercarnos a despedirlos por los aforos limitados. Un año de “quédateencasa” que sigue gravitando sobre nuestras vidas.