He estado reflexionando largamente y llego a la conclusión de que me gustaría abrazar la fe cristiana católica con la máxima fe y devoción. Cuestiones culturales -España siempre ha tenido el catolicismo como santo y seña espiritual; muchas de las celebraciones festivas nacionales tienen su raigambre en él; además, fui bautizado nada más nacer- y afectivas -mi madre, ya de edad provecta, sigue siéndolo y no estaría mal compartir su espiritualidad- me llevan a ello.

El problema es que, paradójicamente, es la propia Iglesia católica la que me complica adherirme a ella. Bien es cierto que ella es la receptora del mensaje evangélico de Jesucristo, la que lo custodia y se esfuerza diariamente por difundirlo a todos los continentes -no en vano, católico significa “universal”- por el bien espiritual de la Humanidad.

Este mensaje redentor se fundamenta en la pobreza material del propio mesías según cuentan las Sagradas Escrituras, algo que no parecía preocuparle mucho, ni tampoco a sus discípulos. En Hechos de los Apóstoles 2, 45 se cuenta que los primeros cristianos “vendían sus posesiones y bienes y compartían sus bienes entre sí según la necesidad de cada uno”. Por tal motivo, la puesta en venta por el Vaticano de un palacio en Londres que fue adquirido con fondos que, inicialmente, estaban destinados a aliviar la precariedad de la gente pobre, en fin, me escama un poco. (https://www.eldiario.es/sociedad/vaticano-pone-venta-palacio-londres-compro-dinero-pobres_1_7852593.html).

Bueno, hago acto de contrición y estimo que nadie es perfecto y, por lo tanto, sujeto a tentaciones materiales. Prosigo con mi intención de convertirme en un buen católico. Los Evangelios hablan de que, por expreso deseo de Jesucristo, los apóstoles deben extender la Palabra salvífica tanto a judíos como gentiles porque todos somos Hijos de Dios. Me gusta, pero aquí me encuentro con otro escollo: la Iglesia católica no admite bendecir a gente casada del mismo sexo. Que yo sepa, en las Escrituras no hay excepción alguna sobre quiénes son merecedores de ser Hijos de Dios y quiénes no. Además, el Amor -es la primera definición de Dios cuando se le pregunta a Jesús- es lo que ha unido a estas personas. En Juan 4:16 se puede leer: “Dios es amor, y el que permanece en amor, permanece en Dios, y Dios en él”. Sinceramente, la situación se me está poniendo difícil. (https://www.eldiario.es/sociedad/vaticano-prohibe-bendiciones-parejas-sexo_1_7310511.html)

Echemos un pequeño velo y hagamos como si no hubiera pasado nada relevante. Mi amiga Virtu realizó, hace unos meses, una conferencia magnífica sobre la figura de María Magdalena, resaltando la importancia que tuvo en la génesis del Cristianismo. ¿Qué me encuentro ahora? Instituciones eclesiásticas totalmente copadas por hombres; organizaciones caritativas católicas estructuradas de la misma manera y el rol de las mujeres subordinado y con escasas posibilidades de promocionar internamente y nulas de conseguir puestos de poder.

Pasemos a otros derroteros: 310 casos de violaciones de menores en España de las que resultan 808 víctimas. (https://elpais.com/especiales/pederastia-en-la-iglesia-espanola/). Más de 10.000 denuncias en Francia; 4.447 víctimas en Australia; entre 10.000 y 12.000 denuncias en Canadá y la lista sigue….. ¡Uff, convertir esto en una nimiedad, en algún que otro caso aislado….! Sólo de pensar en uno de esos niños siendo tocado y forzado a determinadas acciones por voluntad ajena a él por un sacerdote… me puede. Se me enciende la luz roja de la decencia moral personal.

Creo que lo mejor es mantener mucha distancia con esta institución y, mejor todavía, cortar amarras con ellas. El problema -otro más- es que, según me cuentan, no está tan fácil apostatar para salir del redil católico.

Una de las afirmaciones que define cualquier secta es la tremenda dificultad que existe para que cualquier persona acólita -despechada- pueda salir de ella.