Sé que en el fondo sigue siendo ella. La miro fijamente a sus ojos, pero su mirada está perdida, como ausente, como en otro mundo...

La verdad es que esta enfermedad no es desconocida en mi familia. La vivimos con mi abuela cuando aún poco se sabía de ella. Puede que la tuviera antes, mucho antes, sobretodo porque aún me acuerdo cuando me iba a merendar a su casa y siempre me hacía las tortillas quemadas.

Ahora, todo es distinto. Con mi abuela era una niña, ahora como mi madre, también lo soy yo y, por supuesto, se hace más difícil el poder estar pendiente todo lo que me gustaría, de ahí ese sentimiento de culpa.

En el fondo me entristece mucho que no esté disfrutando todo lo que a ella le gustaría con sus nietos, jugar con ellos, divertirse, era, y son, su locura. No hay nada más que verle la cara cuando está con ellos, porque sé que sigue ahí, aunque en ocasiones no lo esté.

Echo de menos sus consejos, su ayuda, siempre estaba pendiente de nosotros, era una madre todoterreno y, ahora, lucha muy poco por seguir con su día a día.

Esa mirada triste, esa cabeza cabizbaja... me hacen pensar en que ya no es feliz porque aunque no lo diga sabe lo que pasa, sabe que ya no es la misma persona de hace unos años y que poco a poco sus ganas de vivir se están apagando.

Lamentablemente pocos avances médicos se están logrando para frenar esto y me duele, no lo puedo evitar. Ya no por ella, ni tan siquiera por mi, sino por mis hijos, porque no me gustaría que ellos pasaron por esto también. Hay que seguir reinvindicando la investigación para que de una vez por todas esto pare.

Mientras tanto, seguiremos conviviendo con ella aunque en ocasiones, olvido que ella olvida

Publicado en la Revista La Brújula de Alzheimer Villena nº 18