El título de este artículo puede llamar a abrir debate sobre qué sucedió en la II República española o el papel histórico jugado por el autoexiliado Juan Carlos I. Ni más lejos alcanza mi intención que no es otra que fijar lo que considero qué significan Monarquía y República.

Monarquía es una palabra compuesta que proviene del griego “monos” –“uno”- y “arquía” –“gobierno”-. Es decir, es el gobierno de una persona en una comunidad humana. La monarquía hunde su origen en la Prehistoria y va de la mano del surgimiento de las primeras ciudades y la complejidad social que éstas provocaron; en ellas apareció la división del trabajo –funcionariado civil y religioso, soldados, campesinado, artesanado, gente esclava- que tenían en el monarca la personificación del orden urbano existente.

Además, la legitimidad del Rey descansaba en la designación divina y, con el tiempo, en la continuidad de su linaje familiar.

Ciudad y monarca eran una perfecta unidad que se mantuvo con la aparición de reinos e Imperios. Todo esto explica que, tradicionalmente, el conocimiento de la Historia se haya fundamentado, básicamente, en saber la vida y hechos de los monarcas.

Por su parte, la palabra república proviene directamente del latín res –“cosa, asunto”- y publica –“pública; interés común”-. Esto es, la República es tratar el asunto común. Si se analiza bien, la Monarquía, como cabeza rectora del orden social, es republicana porque se ocupa de que todo lo que atañe al común de la sociedad funcione perfectamente.

Pero, en realidad, encontramos una tremenda disparidad que provoca que Monarquía y República sean conceptos políticos antagónicos. La diferencia insalvable estriba en la relación que la Monarquía ha tenido –y tiene- de su pueblo, con el que mantiene ciertas distancias porque lo considera súbdito, es decir, sometido a su Autoridad superior a la que debe fidelidad y protección. El pueblo es sujeto pasivo al servicio de los intereses del monarca.

La República, en cambio, es el gobierno de lo común pero gestionado por el pueblo, sin contar con la Monarquía. El pueblo deja ser súbdito para alcanzar la categoría ciudadana. Cada uno de sus miembros pasa a tener nombres y apellidos y abraza la causa republicana porque decide declararse mayor de edad. No necesita de un “papá” que tutele sus actuaciones y manifiesta su intención de ser sujeto activo en los hechos históricos.

Para concluir, en un nivel más o menos consciente, la gente monárquica no quiere alcanzar el grado de madurez personal que le obligaría a ser protagonista de su vida y desea que sea otra persona –el monarca- el que lo haga por ella; la persona republicana, contrariamente, apuesta por creer en su capacidad personal para dirigir su destino vital y se junta con otras personas –de la misma índole- para gobernarse mutuamente.