Los tres largos meses de confinamiento que hemos padecido nos ha permitido apreciar y valorar qué es un aire limpio, un pueblo sin tráfico, silencioso, silencio roto solo por los aplausos solidarios desde los balcones dedicados, cariñosos, emocionados y agradecidos por su gran labor al personal sanitario.

La ausencia de contaminación humana y el ruido nos ha permitido disfrutar de aves, manadas de roedores corriendo libremente a campo abierto que habitualmente no vemos en nuestros términos municipales.
Pero llegó el desconfinamiento, el fin del estado del estado de alarma y ¡oh! sorpresa superior incluso al temido Covid-19, han aparecido de nuevo cientos de motos y ciclomotores todos con el tubo de escape trucado e ilegal produciendo un ruido infernal, auténticos reventadores de oídos que lo mayor desvergüenza e incivismo nos machacan a cualquier hora del día y de la noche sin que a estos energúmenos les importe lo mas mínimo.
Me pregunto qué hacen los responsables, la alcaldesa, el concejal de tráfico, donde viven, que escuchan. También me pregunto que hace la Policía Municipal, si es que no oyen o carecen de sonómetros para comprobar los decibelios que estos cacharros producen, en cualquier caso, exigirles que protejan nuestra salud.
La solución a día de hoy, mientras se establece un cambio de gestión global para conciliar progreso y respeto al medio ambiente es darse un paseo en bicicleta y pararse a contemplar, despacio, los meandros que el Vinalopó dibuja y que a veces susurran al paseante que “lo natural es volver a disfrutar de nuestra naturaleza”