Siguiendo todas las normas protocolarias, no siempre con la suficiente seriedad, se obre la sesión y se comienza con  la lectura del acta anterior y si procede a su aprobación.
Entre tanto un público variopinto va ocupando las sillas de la sala,   y entre murmullos y saludos, con muecas y sonrisas y algún que otro desden, se va haciendo el silencio acompañado por la tos, inoportuna, del resfriado de turno.
Los puntos se suceden. Las exposiciones y turnos de palabra van dando solución a los puntos, del orden del día, con mayor o menor entendimiento de las partes.

Pero he reconocer que hay falta de elegancia en aquellos que por su número tienen el poder decisorio. Las muecas, los comentarios, en voz baja, el constante trasiego en los asientos, son la respuesta a todas y cada una de las replicas de los oponentes. Esto es ya lo normal, en algo de un calado tan solemne como deben ser, los Plenos. Incluso el comentario en voz bastante alta, que algunos asistentes se permiten hacer como reproche o desacuerdo y que el Alcalde no sabe o no quiere cortar de modo tajante. Dándose el caso más de una vez, los archivos lo confirman, que le causa risa a quien debía dar solución a estas intervenciones  que es el estrafalario del Alcalde. 
Pero lo acaecido hasta ahora era mera anécdota. Se justificaba diciendo que era así la primera autoridad en sus reacciones, modales o forma de vestir o ser o incluso en su forma de hablar. Pero ¡No Sr. Alcalde!  Puede ser todo lo extravagante que quiera pero no puede perder las formas. No puede,  con terquedad y descortesía, es decir de forma grosera e intentando intimidar, interrumpir gritando a su oponente en el uso de la palabra. Máxime en un Pleno cuando se está tratando un tema de interés, rebatiendo lo expuesto por el portavoz de su Equipo con datos y en debida forma.
Este modo de actuar, aunque después se pidan disculpas, cuando ya el daño está hecho, para nada exonera y demuestra una falta total de elegancia, máxime si se acompaña de muecas y comentarios en voz baja, cuchicheos, sonrisas solapadas y casi desprecio total a las replicas de los oponentes.
Permitiéndose, con bastante asiduidad, que el público asistente increpe a los intervinientes, de la oposición, careciendo el Sr. Alcalde de la suficiente rotundidad para imponer silencio. Lo que denota una falta de autoridad total o una complicidad, implícita, con los alborotadores.

Su salida de tono en el Pleno en fechas pasadas cuando se encontraba en el uso de la palabra la Sra. Lledó, no fue casual sino que viene a demostrar que el aparente cordero, cuando dejan al descubierto sus medias verdades o su omisión de datos, se convierte en lobo que enseña sus fauces de forma colérica.
Cuando las cosas suceden no es por casualidad y aunque los íntimos por activa y por pasiva traten de “beatificarlo” poniéndolo como ejemplo de bondad, los hechos nos vienen a demostrar lo contrario, pues aunque pida disculpas de forma un tanto forzada, lo ocurrido grabado queda y el público juzgará.

El Alcalde, de todos es sabido, debe guardar unas determinadas formas en cada uno de los actos por ser la cabeza visible del Ayuntamiento y representante de la ciudad. Desde el momento que actúa como tal pasa de ser personaje privado a público y esto por más que se quiera ignorar condiciona. En el ámbito privado es el esposo, padre, hijo o amigo quien hace opina o actúa. Pero cuando se ostenta la representación municipal, es decir fuera del marco familiar se es Alcalde las 24 horas del día y esto no debe olvidarlo quien desarrolla esa labor.
La mayor o menor credibilidad de las instituciones depende siempre de aquel que está al cargo de las mismas. No es de recibo, por tanto, que  un Alcalde tolere, que mientras se está defendiendo una moción, parte de los ediles  del   tripartito hombres y mujeres estén desentendiéndose del asunto con conversaciones en voz baja y con juegos con los móviles 
haciendo, por tanto, mofa de lo que se desarrolla en el Salón de Plenos. Si se expone en duda lo expuesto las imágenes grabadas valen más que 
mil palabras.