Llueve y además hoy es uno de esos días en los que me da por pensar. Tal vez sea porque al mirar hacia el cielo lo veo, sí ¡Llamadme loca! pero es así. O tal vez sea porque ya hace un año…

En los días de lluvia intento pasear bajo la lluvia, suena a tópico, es cierto, pero desde que se marchó lo hago. Es una sensación extraña pero siento que en cada gota que roza mi piel él me está abrazando, acariciándome, dándome su cariño…

Y es que, en los días de lluvia, siento que quiere decirme algo. Quiero pensar que está bien, tranquilo y cuidando de todos los que aquí nos quedamos.Incluso si cierro los ojos puedo escuchar su voz, sus consejos y su amor por su Villena. Una ciudad que, en parte, no lo trató muy bien aunque estoy segura que aún siente el calor de los aplausos a su paso y el cariño de las lágrimas en el día de su despedida.

Llueve y cada vez con más intensidad ¿estará sintiendo lo mismo que yo? Quiero pensar en que sí, en que cada gota que se destruye contra el suelo es uno de los muchísimos recuerdos que tengo con él, quiero pensar en que él me da la fuerza que necesito en los momentos complicados pero sé que, aunque no llueva, él está ahí.

Resulta curioso que sienta esto con la lluvia, un elemento que, a los festeros no nos agrada y es que ¿quién no ha mirado al cielo cuando se aproximan las fiestas? ¿Quién no ha maldecido a la lluvia si ha hecho presencia en algún acto? Pues ¡Bendita contradicción! Si la lluvia está, él está y es porque de esta forma hace acto de presencia para todos, al igual que la lluvia, llega a todos los rincones, transcurre a sus anchas por las calles y, a su paso, limpia y purifica nuestras almas.

Es difícil describir ese sentir festero, ese amor a la fiesta y por la fiesta. Eso lo sentí cuando por primera vez, hace trece años, nuestras miradas cómplices se cruzaron sin saber en lo que aún nos quedaba por vivir. Hacía calor, mucho calor y él, arcabuz en mano, anunciaba la llegada de las fiestas.Yo, aterrada de miedo,miraba desde lejos el desfilar de la pólvora y él, con las manos llenas de ella, disfrutaba del desfile ajeno a cualquier sentir de calor o de ruido. Unas manos únicas y características que eran capaces de hacer verdaderas obras de arte, unas manos que hacían que el público se levantara de sus asientos, unas manos dispuestas siempre a trabajar, las mismas manos que me abrazaban y me daban su cariño.

Nunca me imaginé que su partida llegaría tan pronto, aún quedaba mucho por disfrutar… aún le quedaba mucho por vivir. Sin embargo, hoy hace un año que ya no está. Pero llueve y eso calma mi mente y mi rabia contenida durante todo este tiempo. Esa rabia que se traduce en lágrimas cada vez que le veo, cada vez que alguien menciona su nombre porque en la vida hablar de justicia es hablar de injusticia y porque mis lágrimas se desprenden de mis ojos al igual que la lluvia del cielo.

Ha dejado de llover, he dejado de llorar pero, al mirar al horizonte le he visto sonreír como él hacía cada cinco de septiembre a las cuatro de la tarde y es que, a lo lejos, ha llenado mis ojos un inmenso y radiante arco iris. Entonces he recordado lo maravilloso de haber podido vivir junto a él momentos únicos e irrepetibles, momentos que, al igual que ese arco iris se han desvanecido tras una tarde de lluvia.